lunes, 1 de mayo de 2017
Llora el alma. Lloran los ojos.
Llora el alma. Lloran los ojos.
A veces llegan esos momentos en que te gustaría ser invisible. Crees que tu presencia es una reiteración constante y pedante en el mundo de los demás. Piensas que ya no construyes, que perpetuas, llegando a la convicción que has dejado de aportar absolutamente nada a esos seres que tanto han esperado de ti. No quiero dejar de vivir, pero sí quiero dejar de existir. Qué me olviden ya del todo. Yo les mantendré en mi memoria y ellos me recordaran como era, no como soy. Recordarán ese ser triste y desgraciado que resurgió de sus cenizas como ave fénix y que luego daba consejos basados en su experiencia. Pero esa gente ya ha resurgido, ya no necesitan mis reiterados consejos porque ya se aconsejan a sí mismas. Dejadme dormir en el limbo de los recuerdos. No insistáis, no me despertéis, porque quizá ya para mí sea más valioso el pasado que el represente. Quizá me apalanque en los buenos recuerdos más que en los sobrios momentos.
Esa soledad del corazón. Ese vacío que se siente cuando piensas en las cosas y las personas que pierdes. Cuando piensas en esos momentos que se fueron o que no llegaron a ser. Esa sensación de pérdida cuando no has perdido nada. Tristeza profunda. Vacío en el pecho que provoca un nudo en la garganta y lágrimas, débiles lágrimas. Es triste ver como pierdes lo que te llena, lo que te satisface y ya no. Tristeza al pensar que el amor no es eterno. Tristeza al recordar buenos momentos que sabes que jamás volverán. Lo siento, se me escapa el amor del alma. Se me resbala de la mano como se derrama el agua. Llora el alma. Lloran los ojos.
martes, 21 de febrero de 2017
NO ES UNA DESPEDIDA
NO ES UNA DESPEDIDA.
Muchos años
cotizados, de los cuales poco más de cuarenta dedicados a la atención
sanitaria. Sacrifiqué mi carrera de maestra a cambio de la atención al paciente. He decir que, auque siempre me gustó la docencia, no hubiera cambiado mi trabajo por ningun otro; la ateción al paciente me gustó. Pero hay que dar paso a la juventud. Creo que he cumplido suficientemente con la sociedad y con el mundo laboral.
Ante todo quiero
agradecer. No a aquellos compañeros que por tener una categoría
profesional superior a la mía, han creído que también eran
superior a mí como persona. No, a esas personas no tengo nada que
agradecer. Tampoco he de agradecer a aquellos profesionales que me
negaron en su momento un ascenso de categoría. Ellos no creyeron en
mis facultades laborales, pero por suerte el juez sí reconoció mi
merecido ascenso. Y tampoco voy a agradecer a aquellas personas que
después del primer período de suplencias dieron mal informe de mí
a los superiores en lugar de adverirme personalmente que mi actitud
era errónea. Afortunadamente estas personas forman una
minúscula parte de los compañeros que he llegado a conocer.
A todos los demás
muchas, muchas gracias. Gracias por haberme mostrado el mundo
sanitario, gracias porque cada uno de vosotros me habéis aportado
algo, o mucho, a nivel profesional y personal. Gracias por vuestros
consejos, y gracias por escuchar los míos. Gracias por esos momentos
de serenidad en que habeís abierto el corazon, desnudando vuestras
emociones ante mi. Sabéis todos cuánto me gusta escuchar historias.
Gracias por vuestra paciencia al enseñarme. Y gracias por creer en
mi. En defintiva, gracias por haber formado parte de mi historia.
Ahora ya habéis dejado definitivamene de ser compañeros
de trabajo. A partir de hoy mismo sois simple pero ámpliamente
amigos.
También agradezco enormemente a aquellos superiores que
creyeron en mi, dándome una segunda oportunidad a pesar de los malos
informes presentados por algunos (no) compañeros. Gracias a aquellos
responsables que han sabido entender mis momentos de angustia
personal o familiar y me facilitaron cambios de turno o dias
festivos. Gracias a esos jefes que han confiado en mi profesionalidad
y me han dejado actuar en libertad.
Me enorgullece poder
decir que he tenido la suerte de formar parte de un gran equipo con
plantilla de unas tres mil personas, y que he llegado a conocer casi
a una tercera parte de estas personas. Gracias, gracias por quererme
y gracias por dejaros querer.
Me atrevo a dar alguno
consejos, no en vano el paso de los años es lo mejor para el
asentamiento y el discernir. Ante todo os quiero decir que tengáis
en cuenta que prácticamente una tercera parte de nuestra vida
transcurre mientras prestamos nuestro esfuerzo y conocimiento a
cambio de un salario. Por ello es importantísimo que el ambiente de
trabajo sea cómodo y amigable.Ya que hay que ir a trabajar, hacedlo
con alegría y entusiasmo. No permitáis que la desgana arruine
vuestro día. No perdáis nunca de vista que vuestros compañeros no
son vuestros enemigos. Cada uno ha de desempeñar su labor desde su
puesto de trabajo, pero no os olvidéis que hay un objetivo común:
el paciente; que tampoco es el enemigo. Es la “materia prima” de
la industria de la salud, la parte esencial e indispensable de
vuestro trabajo. No seáis individualistas, ayudad a unos y otros en
la medida que la preparación profesional lo permita. No hagáis
competición entre vosotros y no uséis el despacho del jefe como si
fuera una sala de confesión, no está bien.
Pero tampoco os
dejéis aminorar por la empresa. Permaneced unidos, porque la unión
da la fuerza. Trabajad bien y mucho, sí, pero también exigid una
justa recompensa. Pedid lo vuestro sin vergüenzas ni miedos.
No quiero olvidar que
también he podido cometer errores, que quizá haya decepcionado a
alguien, o que incluso os haya molestado en alguna ocasión. Si es
así pido mi más sincera disculpa. Y tened en cuenta que, a bien
seguro, ha sido involuntariamente.
Ante todo mis queridos
antiguos compañeros tened presente que no me despido de ninguno de
vosotros. Nos veremos, o nos hablaremos, o nos escribiremos, pero no
me despido de vosotros porque cerca o lejos estaremos juntos. A mi me
encontraréis siempre que queráis, sabéis que soy muy accesible en
mis redes.
Me despido de mi
puesto de trabajo. De fines de semana durmiendo y trabajando. Me
despido de conducir casi dormida deseando llegar a casa. De cenas
interrumpidas mil veces por el timbre del paciente. Me despido del
salario pagado por mi empresa y me acojo al salario pagado por el
Estado. Me despido de pasar la mitad de la semana sin dormir con mi
marido y de rechazar invitaciones por tener que trabajar.
Pero de mis amigos,
vosotros, no hay depedida posible.
domingo, 29 de enero de 2017
María Luisa Fernanda
MARÍA LUISA FERNANDA Y EL PARQUE M. LUISA DE SEVILLA
Hoy, treinta de Enero, celebro sola mi cuarenta y siete cumpleaños. Paseo por la inmensidad de estos jardines intentando olvidar mi amargura y soledad. Me pregunto una y mil veces por qué el destino ha querido que yo sea la segunda hija de mi padre, el rey Fernando VII. Mi hermana Isabel, por el simple hecho de haber nacido tan solo quince meses antes que yo, tiene derecho a La Corona... Y a tantos amantes como quiera. El Rey consorte... ¡ca!, mientras no le pidan obligaciones maritales ya le está bien. ¡Cornudo consentido!
Mi marido y yo hicimos lo indecible por alcanzar el trono, pero lo único que conseguí es que mi hermana, Isabel II, me desterrara de Madrid. En Sevilla, lejos de la corte, en mi palacio, el palacio de San Telmo y en estos inmensos jardines transcurren mis días amargamente, viendo como mi esposo, el duque de Montpensier, y yo perdemos una y otra vez la oportunidad de arrebatar el trono a mi hermana. Ni tan siquiera hemos conseguido el reinado de Ecuador. Tanto conjurar por esa corona, y también se malogró la oportunidad. Ni tampoco me he podido quedar con los cuadros que me pertenecían del Museo Real, la herencia de mi padre. Mi hermana, actuando por el bien de España, me ha pagado la cantidad de reales que ha creído oportuno y se ha quedado con mi parte de la colección de cuadros que heredé de mi padre. Para unificar el legado pictórico de España, dijo... Ni las pinturas de mis antepasados me he podido quedar.
Aquí sigo, hastiada y vacía, viendo como mis hijos se me malogran, evitando así la oportunidad de emparentarlos con casa real ninguna. Y mi M. Mercedes, mi querida hija en la que deposité la última esperanza al casarla con su primo el rey Alfonso XII, mi sobrino, el tercer hijo varón de mi hermana Isabel. Que desgraciada soy. Que desgraciada mi hija... hubieran sido los Reyes perfectos. Ellos se amaban, y el amor da fuerza para luchar. ¡Maldita enfermedad, maldita tisis que se me ha llevado 3 hijos!
jueves, 7 de abril de 2016
Las encantadas
Las Encantadss
Sabiñán o Saviñán (todavía la lingüística no ha concretado como quiere llamar a tan singular y tranquilo pueblo bañado por el río Jalón) guarda en su historia una leyenda que pocas personas conocen. Hoy la he conocido y os la voy a explicar porque me ha parecido preciosa y triste, como casi todas las leyendas de amoríos.
Dicen que allá por los tiempos de la ocupación árabe en la península ibérica, en el pueblo de Sabiñan había un moro muy rico y poderoso que poseía grandes extensiones de tierras. El hombre había enviudado. Tenía tres hijas entre dieciséis y veinte años. Todas las tardes tres apuestos mozos se las ingeniaban para introducirse en los jardines de palacio y coquetear con las hijas del acaudalado moro. Y entre risas y coqueteos se enamoraron perdidamente las bellas hermanas y los tres mozos. Llevaban su amor en secreto pues los seis sabían que el padre de las muchachas no permitiría de ninguna manera la unión de sus hijas con tres cristianos, que además eran de baja clase y asalariados suyos. Pero el padre se enteró y para evitar que el amor que se profesaban fuera a más encerró a las tres hermanas en un torreón a las afueras del pueblo. Las tres pasaron allí mucho tiempo, aburridas y dedicadas a sus labores. Solo el cantar las distraía de su penosa situación. Un guardián de confianza pasaba todo el día con ellas. Al hombre le daba pena y las dejaba pasear un poco por las noches cuando sabía que nadie podía verlas. Todo el mundo se preguntaba que donde estarían las hijas del jeque. Algunos pensaron que se habrían ido lejos de allí, a su país de origen. Los tres mozos estaban desolados por la repentina ausencia de sus amadas.
Un día un cazador pasaba cerca del torreón y sintió cantos. Entonces se percató que venían del interior del torreón y que eran las tres hijas del viudo. Corrió a decírselo a los enamorados y estos, con la ayuda del guardián de las hermanas, comenzaron a frecuentar el torreón. Pero nuevamente se enteró el padre de las muchachas.
Dice la leyenda que la noche se San Juan el moro envió sus soldados al torreón y estos acabaron con la vida de los tres hombres. Las hermanas, en medio de la revuelta, escaparon y se fueron hacia el bosque. Nadie las volvió a ver jamás. Nadie sabe que fue de ellas. Dicen que su padre lloraba todos los días por la añoranza de sus hijas. Dicen que cada veinticuatro de Junio el padre, arrepentido de todo, visitaba el torreón.
domingo, 15 de marzo de 2015
Curiosidades sobre "Manola"
Algunas curiosidades
sobre “Manola”
Quiero compartir
algunos detalles con todos aquellos que habéis leído o tenéis
pensamiento de leer mi última novela autoeditada, “Manola”.
Quizá lo primordial
es advertir que es una novela muy corta. Me atrevería a decir que
está entre el relato y la novela. Consta de 11 cortos capítulos. En
ellos se explica la vida de una mujer desde la infancia hasta la
madurez, vida, por cierto, muy intensa ya que las circunstancias
históricas tienen un papel importante. Imaginad toda una
vida concentrada en 103 páginas y con letra algo más grande de la
habitual de los libros, tal y como ya hice con la primera novela
autoeditada. Creo que sabéis, mis queridos seguidores, que me gusta
tener en cuenta la dificultad de visión de las personas de la
tercera edad.
Otra cuestión es que
quiero que sepáis que esta novela, en realidad, fue la primera que
escribí. Os ruego que disculpéis la alteración del orden, pero
como dicen los matemáticos, y en este caso se puede aplicar: “el
orden de los factores no altera el producto”.
De las personas que ya
han leído “Manola” extraigo dos críticas. Algunos lectores me
ha comentado que les hubiera gustado que el libro fuera más largo, que se
querían recrear en la situación y que, sin embargo, acaba demasiado
rápido. Por otro lado, hay una lectora que me asegura haber leído
la novela con lágrimas en los ojos porque la descripción de la
situación le ha llegado bien adentro. Naturalmente que agradezco
mucho, pero mucho, toda crítica positiva o negativa. Muchos de
vosotros ya lo sabéis, que soy una persona que me gusta escuchar,
que me gusta que me digan las cosas claras, que acepto las críticas
(siempre que haya respeto), pero que también, al final acabo haciendo lo que quiero. Y no quisiera desviarme de mi
estilo: no profundizar en aquello que no es relevante en el
argumento. No me gusta, de momento, escribir por escribir. Me gusta
explicar historias. Pero si es cierto que intentaré, en lo
sucesivo ser algo menos drástica, “paseando” un poco más a los
personajes y ampliando (sin aburrir) la descripción de la situación.
¿Por qué explico
esto? Porque tengo miedo a que os sintáis como engañados. No es una
novela pretenciosa. Nada más es la vida de una mujer que hubiera
podido ser la madre o la abuela de muchos de nosotros. Manola fue una
mujer con ilusiones truncadas y que supo amar en un momento de su
vida. Ella pasó de tener un carácter fuerte y autoritario a vivir
en la humildad y la desazón.
Con “Manola”
pretendo, al igual que lo pretendí con “Tomás Baena”, que la
historia de la protagonista invada vuestras mentes y que durante el
tiempo de la lectura seáis capaces de aparcar el bullicio de
pensamientos que cotidianamente os veis obligados a sobrellevar.
Más detalles técnicos:
la portada, nuevamente me la ha dibujado mi marido, Javier Moreno
Gallardo y la maquetación, al igual que la anterior novela, la ha
hecho desinteresadamente mi propia hija Irene, diseñadora gráfica
de profesión.
Otra cosa que os
quería comentar es que no es nada fácil autoeditar un libro. Para
mi escribirlo es un placer; editarlo, un martirio.
jueves, 8 de enero de 2015
Similitud de caminos
Similitud de caminos
J- Quise llegar a la
cima de la vida. Primero tiré por el camino más fácil; no me
importó pisar las flores ni las hormigas que encontraba a mi paso.
Más adelante me dí cuenta que alguien ya había pasado por allí y
las flores estaban pisoteadas y muertas, el agradable olor a romero y
tomillo se había convertido en fétido olor de podredumbre. Entonces
entendí que me había equivocado de camino, que en realidad no era
una senda, si no un precioso jardín que otros caminantes y yo misma
habíamos estropeado.
A- ¿Cómo no te
diste cuenta?
J- Sólo me fijé en
que era el camino más atractivo.
A- Pero antes de
iniciar un camino debes sopesar si es el adecuado. Piensa que hay
andaduras que hacen daño a otros.
J- En aquel momento me
di cuenta que me había equivocado. Volví sobre mis pasos
arrepentida y dispuesta a encontrar el verdadero camino que me
llevara a mi objetivo.
A- Bien. Eso está
mejor. Arrepentirse no es malo.
J- No fue difícil. Una
preciosa vereda ancha, asfaltada y cuesta abajo me indicaba que el
camino fácil era el que debía seguir. Pero el destino me deparó
una mala jugada. En un giro del cómodo sendero, me encontré un
enorme pedrusco que no me dejaba seguir caminando. Pensé que quizá
debía volver al punto de partida y buscar otro camino, pero
observando bien, vi que de ese punto partía un atajo.
Decidí ir por allí. El camino ya no era tan bueno, había chinos y
polvo, pero eso no me impedía seguir adelante con mi objetivo.
A- ¿Por qué te dio
miedo el pedrusco? También lo podrías haber escalado. No debes
tener miedo al esfuerzo.
J- Yo solo quería
caminar. No quería escalar. Caminar es fácil, subir por las piedras
es un esfuerzo extra. Pero, ahora pienso que quizá debí esforzarme.
A veces por evitar trabajos mayores nos encontramos con caminos
todavía más inesperados.
A- Entonces, ¿Qué
hiciste?
J- Pues nada, seguí
caminando. Pero más adelante una bifurcación me hizo dudar: ¿Seguir
recto, girar a la derecha o a la izquierda? Hay momentos en el
recorrido de la vida en que una se plantea esa pregunta ¿Y ahora que
hago? Tengo posibilidad de acertar y posibilidad de errar.
A- Lo importante es que
siempre puedes volver tras tus pasos y rectificar. Lo importante es
reconocer cuando te equivocas y saber reconstruir tu vida. Más
importante todavía en no sentarte en la cuneta por miedo a
equivocarte. Debes caminar hacia donde sea. No dejes de caminar, no debes rendirte.
jueves, 5 de junio de 2014
Asertividad
Asertividad
J-
Cuán difícil es hacerse entender entre las personas que no creen en
ti.
A- A
eso se le llama asertividad, ¿no? Tu tienes “don de gentes”,
pero sabes que hay personas a las que no les llegarás nunca.
Voluntariamente se han puesto un caparazón anti J, para que todo
aquello que mane de tu boca no les entre.
J-
Ni que me tuvieran miedo.
A-
Pues, mira... ves a saber. Algo habrás dicho o hecho que les ha
asustado y pueden tener miedo a escuchar nuevamente algo que no les
guste.
J-
Puede. Sin embargo hay personas con las que prácticamente no he
cruzado palabra. Bueno... quizá alguna, pero... ¿crees que con
cuatro frases...?
A-
Ya lo creo. Las personas hacemos juicio, a veces involuntariamente,
sobre otras personas. Con cuatro frases ya saben que no comulgas con
sus idea u opiniones y eso es suficiente para desconectar contigo.
J-
Ciertamente, no todas las personas somo iguales. Me cuesta entender
que haya personas que solo quieran escuchar a otras que tiene la
misma opinión. ¿Dónde está la riqueza, la diversidad, el
contraste de opinión, el aprendizaje, la tolerancia....?
A-
Uuuuui. Para, para. Quizá seas tu la intolerante. Cada cual es como
es. El que quiera escuchar, que escuche, el que no, que se ponga
tapones.
J-
¡Ale! Ahora tu piensas que soy intolerante porque pienso, y digo, que hay personas intolerantes.
A-
Bueno, no te tomes las palabras tan literalmente. Además he dicho
“quizá”. Cada cual es como es, y punto.
J-
No, si yo acepto que cada persona sea y haga según sus principios,
pero no puedo dejar de pensar, y por lo tanto decir, que
precisamente, lo que más me gusta a mi es escuchar. Bueno, a parte
de escribir, claro. Pero no podría escribir si antes no hubiera
escuchado. Es imposible aprender si no te abres a los demás. Y si no
aprendes no tienes nada que contar.
A-
¿Ya me estás filosofando?
J-
Pues si ¿Qué quieres que te diga? Pienso que esas personas
que solo quieren escuchar a las personas que son de su misma opinión,
deben ser personas muy pobres en cuanto a razonamiento e ideas. Si no
tienes opiniones contrapuestas ¿cómo puedes asegurar que lo que
piensas es lo correcto? Si no puedes comparar, no puedes elegir.
A-
En eso te doy la razón. Es como el principio de la ciencia. Ningún
científico llegó a serlo sin antes haber tenido la duda. La duda es
la base de la ciencia.
J-
¿No decían que la paciencia es la madre de la ciencia?
A-
La paciencia será la madre. Verdaderamente para convertir una
hipótesis en teoría es necesaria mucha paciencia. Pero si en un
principio no has tenido la duda, la inquietud de saber, de discernir,
será imposible formula la hipótesis.
J-
Se nos va la olla, Ángela.
A-
Eso es lo que tienen las conversaciones, que comienzas en un punto y
acabas en otro.
J-
Gracias por escucharme.
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