domingo, 14 de septiembre de 2025

Hermanos en Andalucía-MEDINA SIDONIA

MEDINA SIDONIA



Medina Sidonia tiene casi doce mil habitantes. Se la conoce como «el balcón de la bahía de Cádiz». «Medina» significa «ciudad»; «Sidonia», por su parte, proviene de Sidón (ciudad de la actual Siria). Por lo tanto, su traducción literal del árabe es «ciudad de Sidón».

Se han encontrado indicios que datan al municipio desde la Edad de Bronce. Se cree que años más tarde se afincan en él fenicios llegados de la ciudad de Sidón. Después de los romanos, en la Hispania visigótica, es sede episcopal. Desde el siglo viii al xiii forma parte del reino nazarí, hasta que Alfonso X el Sabio la reconquista. Luego forma parte de varias órdenes militares, y tiempo después pasa a pertenecer a los duques de Medina Sidonia.

El ducado de Medina Sidonia fue otorgado a Juan Alonso Pérez de Guzmán, descendiente de Guzmán el Bueno, el cual había participado muy activamente en las batallas árabe-cristianas. El ducado fue el premio al reconocimiento por haber ganado contiendas y haber entregado muchas poblaciones al reino de Castilla. Actualmente el archivo documental privado más grande de Europa está en el palacio Medina Sidonia, en la población de Sanlúcar de Barrameda.




Hermanos en Andalucía-VEJER DE LA FRONTERA

 

VEJER DE LA FRONTERA

El municipio de Vejer tiene una parte que toca el océano Atlántico, pero el núcleo de la población se encuentra a ocho kilómetros hacia el interior, alrededor de la muralla del castillo. Tiene unos trece mil habitantes.

Parece ser que Vejer ya estaba fortificada en la Edad del Bronce. En el año 711 Táriq derrota a don Rodrigo, pasando la población a manos musulmanas. En el 1250 es reconquistada, pero al tiempo vuelve a ser nazarí. Sancho IV anexiona definitivamente Vejer a Castilla, pero la cede a la Orden de Santiago. Para repoblar la zona hacen venir gente de Castilla. Después de pasar por varios señoríos, al final forma parte de las posesiones de los duques de Medina Sidonia.

En el cabo de Trafalgar, que forma parte del municipio, tiene lugar en el 1805 la batalla de Trafalgar, de la que sale victorioso el Reino Unido y pierden España y Francia.

Desde finales de siglo pasado Vejer ha ido mermando su población debido a la emigración de la juventud hacia ciudades más grandes. Actualmente su economía está basada principalmente en el turismo.

















 

 

Hermanos en Andalucía-Martes 8 de abril de 2025

Martes 8 de abril de 2025

Hoy teníamos apuntados cuatro pueblos para ir a visitar, pero, como días atrás, tuvimos que eliminar alguno. Quizá si hubiéramos hecho el viaje con la mitad de los años que teníamos hubiera sido posible. Sin embargo, no se trata de ver por ver, sino de visitar y vivir momentos. Lo importante es disfrutar de los preciosos lugares y, sobre todo, de nosotros mismos. Así que de cuatro nos quedamos con dos.


Con la misma ilusión de cada día tiramos camino hacia Vejer. Después de una hora, aparcamos a las afueras del pueblo, y pronto llegamos a las primeras calles, con su blanco inmaculado. La primera grata impresión: los muros están decorados por grupos de macetas, cada uno de ellos de un color, que contrastando con el blanco de las paredes da una vida especial a todas las calles. Creo que Vejer de la Frontera es el pueblo más pequeño que hemos visitado, aparte de Benamahoma. A pesar de sus calles con cuestas y alguna que otra escalera, lo recorrimos con gran facilidad.


Lo primero que fuimos a ver fue el mirador de la Cobijá. Nos resultó fácil llegar a él. Desde allí se divisa el pueblo entero. La característica principal de este mirador es la estatua totalmente negra de una mujer vestida con un atuendo que le tapa todo excepto los ojos. Lo primero que pensé fue que era un monumento a la mujer nazarí, pues me recordaba a la indumentaria del burka. No obstante, más adelante, cuando pasamos ante el museo, un pintor que exponía sus cuadros al aire libre nos explicó que esa escultura es un homenaje a la mujer castellana que vino tras la expulsión de los árabes, pues esa era la indumentaria de aquellas mujeres llegadas de tierras cristianas. Nos explicó que cada año, para la fiesta del pueblo, es característico que las muchachas se disfracen de cobijá porque es el traje típico de la localidad.

Curiosamente, el castillo está integrado en el pueblo. Tanto es así que, para subir a las almenas que aún quedan, tuvimos que atravesar el patio de una casa particular. ¡Y vaya patio! Precioso, cargado de plantas, algunas figuras y una fuente. Supimos que era par
ticular porque a la salida vimos a una mujer que fregaba la entrada junto a una puerta que se encontraba en el lateral de ese precioso jardín interno. No recuerdo cómo comenzamos la conversación, pero con mis hermanos Manolo y Beli no es de extrañar… La cuestión es que, hablando con la mujer, nos dijo que todo aquello era de su pertenencia. Yo, con la mentalidad práctica que me caracteriza, le pregunté que cómo era posible que no pusiera un precio por la entrada, aunque fuera simbólico, por ejemplo, de dos euros, por el desgaste de gente pasando y el mantenimiento. Nos dijo que había una hucha, y que quien tenía voluntad echaba allí el dinero que quería. Estaba tan disimulada, la hucha, entre las plantas que nos había pasado desapercibida.




Callejeando, llegamos a un balcón que daba a la plaza de España, centro neurálgico del pueblo y donde se encuentra el ayuntamiento. Lo llamativo de esta plaza es su fuente, con varios caños, algunos salidos de ranas, que parecen bañarse allí mismo.

Me hizo ilusión oír a un muchacho hablarle en catalán a su acompañante. Pensé que era un buen momento para practicar mi segunda lengua, pero el chico no estaba por la labor de hablar, así que la conversación fue corta.

Descubrimos que desde el interior de un bar se accedía, también libremente, a unas calles estrechas, blancas e igualmente llenas de macetas.











Al final de la mañana encontramos un buen sitio para comer. Luego partimos para Medina Sidonia.

Por ser el último pueblo de Cádiz que visitamos, la llegada no nos resultó agradable. Queríamos aparcar en el primer aparcamiento gratuito que se veía en el mapa, que era el del tanatorio de la ciudad. Pero para llegar donde comienzan las casas había que subir andando una gran cuesta, larga y asfaltada. Estábamos cansados, por lo que decidimos subir un poco más con el coche. Encontramos entonces un pequeño descampado, justo al comenzar los edificios, frente a lo que parecía un taller de vehículos. Yo, que soy muy legalista, les pregunté a dos hombres que pasaban justo por allí en aquel momento:

—Buenas tardes. ¿Saben si aquí se puede aparcar?

Uno de los dos, el que parecía mayor, con cara agria y sin dejar de caminar, me espetó:

—Aquí no es un lugar seguro, mejor que aparquen en el tanatorio.

Vi la incomodidad en la cara del hombre joven que iba a su lado; creo que sintió vergüenza ajena. Por lo visto, la oratoria no es lo mío; las pocas veces que he hablado por aquí la respuesta ha sido cortante. Dejamos el coche allí, sí, pero me fui con el quemazón: ¿y si cuando volviéramos alguien le había hecho algo al coche?

En mi particular programa de viaje, la idea era llegar a Medina Sidonia y estar por allí hasta el atardecer, pues había leído que había un bar en el centro del pueblo, en la zona alta, con una terraza desde la que se divisaba la puesta del sol. Pero en esta parte occidental de la península anochece muy tarde. No nos esperamos.

Andamos por sus calles. Esta pequeña ciudad ya no tiene las calles estrechas y encaladas. Nos encaminamos hacia el casillo; nosotros siempre buscando los puntos altos para las vistas. Tras llegar al recinto del castillo, realmente bonito, rodeado de un gran parque ajardinado, comenzamos a subir y subir; se nos hacía interminable, pues nunca llegábamos a la zona alta. Quizá, todo se ha de decir, estábamos demasiado cansados para aquella caminata.

Sea como sea, volvimos sobre nuestros pasos. Pasábamos entonces por una calle de preferencia peatonal cuando unas mujeres que estaban apostadas en un portal nos preguntaron cuando estuvimos a su altura: «¿Saben a qué hora abren las tiendas?». Les dije que seguramente a las cinco, que faltaban pocos minutos. Nos extrañó que personas del lugar nos preguntaran a nosotros cosas que de bien seguro ellas ya sabían. Creo que tenían ganas que escuchar nuestras voces.

Llegamos al coche y lo miré detenidamente. Estaba intacto.



Hermanos en Andalucía-GRUTA DE LAS MARAVILLAS

 

GRUTA DE LAS MARAVILLAS

A mediados de siglo xix un grupo de oteadores mineros buscan una nueva entrada de la mina de plata que hay en el cerro del castillo de Aracena. En su ímpetu, perforan la falda de la pequeña montaña y descubren una cueva, pero después de varios intentos de hallar en ella el codiciado mineral, viendo que no hay, desisten. La entrada queda inoperativa.

Más tarde, tras varias incursiones a la gruta y ver la maravilla que esconde su interior, el marqués de Aracena y Juan del Cid (alcalde de la población) deciden poner dinero propio para hacer la cueva accesible. Se hacen entonces excavaciones adicionales y se colocan pasarelas. En 1914, mientras comienza la Primera Guerra Mundial, la Gruta de las Maravillas acoge a sus primeros visitantes. Se continúa excavando y se abre una entrada desde abajo, en el mismo pueblo de Aracena, cerrando  la que habían hecho los mineros. En el 1929 se inaugura el tramo que hay actualmente de 1200 metros de recorrido. En 1933 se cede el derecho de explotación al ayuntamiento de Aracena.

En 1987 la Sociedad Excursionista de Málaga descubre nuevas galerías, pero no están abiertas al público.

Estudios avalan que el área geológica donde se encuentra la gruta comenzó a formarse hace 550 millones años. El material de las estalactitas, estalagmitas y columnas (unión de ambas) es ante todo mármol (carbonato cálcico) y piedra caliza.

La gruta consta de varias salas: gran lago, de los lagos, de los desnudos, de los garbanzos, de las conchas, y otras adyacentes.

 

Hermanos en Andalucía-ARACENA

 

ARACENA

Aracena es uno de los veintiocho municipios que conforman la llamada Sierra de Aracena, que a su vez ocupa la parte occidental de Sierra Morena. Sierra de Aracena está al norte de la provincia de Huelva, colindante con la de Badajoz. Este municipio tiene algo más de ocho mil habitantes.

En Aracena, al igual que otras poblaciones del sur de la península, hay restos arqueológicos que demuestran que ya estuvo poblada en época prehistórica. Aunque, por la singularidad de su geografía de difícil acceso para intercambios de productos, ha estado durante mucho tiempo despoblada. Con la invasión musulmana comienza a habitarse. Es entonces cuando se construye, en un cerro, la alcazaba. Sobre ella se construiría en el siglo xiii un castillo.

En la Alta Edad Media, tras la marcha de los árabes, esta población es a veces portuguesa y a veces castellana, hasta que a finales del siglo xiii Sancho IV la repuebla, al igual que otros lugares de la zona, con personas traídas de lo que hoy es Asturias, León y Galicia.

Aracena, junto a su vecino municipio de Jabugo, es importante por sus olivos, viñedos y, sobre todo, jamones.

En 1986 se inaugura en ella el primer museo al aire libre. Una cincuenta de esculturas de arte contemporáneo están diseminadas por el pueblo. Las obras son todas de artistas de renombre, como Abigaíl Varela, Amador Rodríguez Menéndez o Pepe Noja (impulsor del proyecto), entre otros. En la plaza de San Pedro destaca la escultura Las aguadorasdel escultor Pepe Antonio Márquez, nacido en 1937 en Aracena y fallecido también en su pueblo natal en el 2024.







 

Hermanos en Andalucía-Lunes 7 de abril de 2025

 

                                       Lunes 7 de abril de 2025                               



Esta vez desayunamos pronto. A las diez abandonábamos Jerez de la Frontera camino al norte. Nos esperaban dos horas de camino hasta llegar a Aracena; había que estar en la entrada de la Gruta de las Maravillas media hora antes de la concertada.

Tuvimos tiempo para aparcar tranquilamente a las afueras del pueblo, como siempre hacemos, y buscar la ubicación. Éramos los primeros en la cola. La gruta, como suele ocurrir en todas, consistía en bajadas y subidas; pero en este mágico lugar también había buenos momentos de camino recto en los que poder contemplar pequeños lagos de aguas azules. Durante casi todo el trayecto había unas cuerdas de separación entre el camino o escaleras y las blancas rocas. Blancas, sí, casi todas, blancas como la nieve. Había asimismo tenues luces de colores colocadas estratégicamente en algunos rincones. La visibilidad era bastante buena, pues la gruta en sí da sensación de luminosidad. Lo malo era que, como había estado lloviendo esos días atrás, el suelo estaba mojado; la guía nos repetía una y otra vez que tuviéramos cuidado de no resbalar.

El nombre «de las Maravilla» está más que merecido. Las salas se encuentran nombradas por la forma caprichosa de las formaciones rocosas que hay en ellas. El recorrido es de prácticamente una hora, pero se nos pasó como si fueran diez minutos, pues entre la belleza de las vistas y la amena explicación de la guía se nos hizo muy corto.

Lástima que estaba prohibido hacer fotos. Yo intenté retener en mi retina todo lo que vi, pero soy consciente de mi limitación a rememorar todo aquello de lo que no tengo imagen física. Aunque reconozco que una foto no retrataría en absoluto la belleza que hay allí.


No recuerdo si alguien nos lo aconsejó, si lo vimos en Google o si nos lo encontramos por casualidad, pero comimos como marqueses en un restaurante cercano a la gruta. Luego paseamos por el pueblo, especialmente por la plaza de San Pedro y por la de la Gruta de las Maravillas, donde al lado hay un lavadero antiguo al aire libre. Nos llamó la atención que en dicha plaza, la de las Maravillas, hubiera bancos de piedra decorados con azulejos. Cada banco representaba cada una de las salas de la gruta, con su nombre incluido. Muy curioso y bonito, la verdad.

Andando por las calles de la localidad dimos con un museo del jamón. Nos pareció que sería interesante entrar, ya que no nos iba a dar tiempo de ir al pueblo vecino de Jabugo, famoso por sus jamones, tal y como teníamos planeado.

Bueno, a mí el museo no me gustó mucho, la verdad; creo que a mis hermanos tampoco. Había una exposición sobre los tipos de cerdo, su hábitat y su alimentación. Maruchi y yo nos sentamos a ver una película que explicaba lo que había en las paredes. Más que nada nos sentamos por descansar mientras esperábamos que Beli y Manolo satisficieran su curiosidad. A la salida había una tienda donde se vendía jamón del bueno y otros embutidos ibéricos. Pero el precio no entraba en nuestros bolsillos. Creo (como soy mal pensada) que eso de «museo» en realidad es una manera de atraer al turista para que pase por la tienda y compre; no le doy otra explicación.

Esta es la única población de Huelva que hemos visitado en este viaje de hermanos. Al final no tuvimos ocasión de ir a Huelva capital. Continua mi «Quiero ir» intacto. Algún día será…