domingo, 14 de septiembre de 2025

Hermanos en Andalucía-CARTUJA DE JEREZ


 

CARTUJA DE JEREZ


La Cartuja de Jerez se encuentra a tan solo tres kilómetros de la ciudad, entrando por la carretera de Algeciras. Su verdadero nombre es Cartuja de Santa María de la Defensión.

En 1474 se levanta este monasterio sobre un antiguo santuario, el cual se había construido un siglo antes en agradecimiento a la virgen María por haberse ganado una batalla a los musulmanes en ese mismo lugar. Posterior a la reconstrucción llegan los primeros cartujos, que venían de Sevilla. Allí viven durante un siglo y medio aproximadamente, hasta que a mediados del siglo xix, con la desamortización, tienen que irse. Tras eso, se mantiene deshabitada más de un siglo. Sin embargo, en 1948 vuelven los monjes cartujos, hasta que en el 2001 se marchan definitivamente. Poco después llegan unas monjas, las Hermanas de Belén, que abandonan el monasterio el año pasado, en el 2024. Estas monjas son las que actualmente se encargan de llevar a cabo las actividades de la Cartuja.

La Cartuja de Jerez de la Frontera es de estilo gótico renacentista. Es el mayor monumento artístico de la provincia de Cádiz.



 

Hermanos en Andalucía-Miércoles 9 de abril de 2025

 

Miércoles 9 de abril de 2025


Se nos había acabado el tiempo de estancia en Jerez de la Frontera. Decidimos ir todos juntos, maletas a cuestas, hacia el aparcamiento. Teníamos una sensación ambigua al dejar la ciudad. Por un lado, nos íbamos ilusionados
por llegar a Málaga, pero por otro sentíamos que parte de nosotros se quería quedar eternamente en aquel lugar que ya nos conocíamos tan bien. Sobre todo, sabíamos que nos despedíamos de ese olor tan agradable a azahar que había por todas partes. Nunca olimos a gasolina, ni a basura… Solo a azahar, en todas partes y a cualquier hora que paseáramos. También era frecuente ver en el suelo multitud de pequeños pétalos blancos que la flor había dejado caer por las aceras.

Nos íbamos a la ciudad que nos vio nacer, pero antes haríamos un par de paradas que nos pillaban de camino.

Ya he comentado antes que Jerez tenía varias calles cortadas y que llegar al aparcamiento era algo complicado. Pues bien, después de varias pruebas descubrimos que, accediendo por la carretera de Algeciras, aunque eso suponía dar un rodeo por el exterior de la ciudad, llegábamos sin dificultad ninguna al parking.


Así fue como sin querer pasamos cada día por un edificio que, si bien al principio no sabíamos qué era, pronto descubrimos que se trataba de la Cartuja de Jerez. Le teníamos el ojo echado, y nos habíamos propuesta visitarlo tan pronto como pudiéramos.

Y ese momento se dio cuando ya nos dirigíamos a Málaga. Me impresionó, sinceramente. No sé qué tienen esos lugares históricos y religiosos que emanan paz de sus paredes; quizá la situación, en medio de la naturaleza; quizá el silencio; quizá el pasear entre ese edificio alto, precioso, sabiendo que allí solo va gente que busca la paz, en el sentido amplio de la palabra.

Además, por suerte, la puerta de la capilla estaba abierta y pudimos entrar. Había dos o tres monjas sentadas. Hice lo mismo, con mucho cuidado de no molestarlas en sus rezos, en uno de los últimos bancos. ¡Cuánta paz!

Después seguimos hacia Benalmádena, donde paramos cerca de los jardines del Muro. Allí dimos con un restaurante estupendo: La Perla. Estuvimos en la terraza, a la sombra, sin apenas gente; muy tranquilos, con buena comida y camareros muy profesionales y simpáticos. Luego fuimos a visitar el jardín, donde hay un mirador, desde el cual se llega a ver el mar, y también abajo, chiquitín, el castillo de Colomares.


Para acercarnos a visitarlo cogimos al coche. Hubiéramos podido ir perfectamente andando, pues estaba muy cerca, pero habíamos visto que había un buen aparcamiento gratuito justo al lado, y pensamos más que nada en la vuelta.

Sacamos allí mismo la entrada, solo dos euros. Toda la edificación nos resultó muy curiosa, pero mucho; se notaba que era como un capricho del constructor. Estaba lleno de detalles, de lugares preciosos para hacerse fotos. Y es que el día acompañaba, soleado, pero sin calor. Había, creo recordar, hasta doce QR que explicaban todo el proceso de construcción; empezamos a leer con muchas ganas, aunque en el cuarto ya nos cansamos. Preferíamos caminar por los preciosos rincones del monumento; sí, monumento, porque de castillo solo tiene la apariencia. Un castillo es una edificación donde entras, hay un interior. Este, sin embargo, solo son paredes, a veces conectadas y otras no, pero preciosas, eso sí. Únicamente había un torreón, al que podías subir a través de unas escaleras internas.

Recuerdo que había una pareja de recién casados haciéndose fotos. Habrán salidos preciosas.

Luego seguimos el camino hacia Málaga.







Hermanos en Andalucía-MEDINA SIDONIA

MEDINA SIDONIA



Medina Sidonia tiene casi doce mil habitantes. Se la conoce como «el balcón de la bahía de Cádiz». «Medina» significa «ciudad»; «Sidonia», por su parte, proviene de Sidón (ciudad de la actual Siria). Por lo tanto, su traducción literal del árabe es «ciudad de Sidón».

Se han encontrado indicios que datan al municipio desde la Edad de Bronce. Se cree que años más tarde se afincan en él fenicios llegados de la ciudad de Sidón. Después de los romanos, en la Hispania visigótica, es sede episcopal. Desde el siglo viii al xiii forma parte del reino nazarí, hasta que Alfonso X el Sabio la reconquista. Luego forma parte de varias órdenes militares, y tiempo después pasa a pertenecer a los duques de Medina Sidonia.

El ducado de Medina Sidonia fue otorgado a Juan Alonso Pérez de Guzmán, descendiente de Guzmán el Bueno, el cual había participado muy activamente en las batallas árabe-cristianas. El ducado fue el premio al reconocimiento por haber ganado contiendas y haber entregado muchas poblaciones al reino de Castilla. Actualmente el archivo documental privado más grande de Europa está en el palacio Medina Sidonia, en la población de Sanlúcar de Barrameda.




Hermanos en Andalucía-VEJER DE LA FRONTERA

 

VEJER DE LA FRONTERA

El municipio de Vejer tiene una parte que toca el océano Atlántico, pero el núcleo de la población se encuentra a ocho kilómetros hacia el interior, alrededor de la muralla del castillo. Tiene unos trece mil habitantes.

Parece ser que Vejer ya estaba fortificada en la Edad del Bronce. En el año 711 Táriq derrota a don Rodrigo, pasando la población a manos musulmanas. En el 1250 es reconquistada, pero al tiempo vuelve a ser nazarí. Sancho IV anexiona definitivamente Vejer a Castilla, pero la cede a la Orden de Santiago. Para repoblar la zona hacen venir gente de Castilla. Después de pasar por varios señoríos, al final forma parte de las posesiones de los duques de Medina Sidonia.

En el cabo de Trafalgar, que forma parte del municipio, tiene lugar en el 1805 la batalla de Trafalgar, de la que sale victorioso el Reino Unido y pierden España y Francia.

Desde finales de siglo pasado Vejer ha ido mermando su población debido a la emigración de la juventud hacia ciudades más grandes. Actualmente su economía está basada principalmente en el turismo.

















 

 

Hermanos en Andalucía-Martes 8 de abril de 2025

Martes 8 de abril de 2025

Hoy teníamos apuntados cuatro pueblos para ir a visitar, pero, como días atrás, tuvimos que eliminar alguno. Quizá si hubiéramos hecho el viaje con la mitad de los años que teníamos hubiera sido posible. Sin embargo, no se trata de ver por ver, sino de visitar y vivir momentos. Lo importante es disfrutar de los preciosos lugares y, sobre todo, de nosotros mismos. Así que de cuatro nos quedamos con dos.


Con la misma ilusión de cada día tiramos camino hacia Vejer. Después de una hora, aparcamos a las afueras del pueblo, y pronto llegamos a las primeras calles, con su blanco inmaculado. La primera grata impresión: los muros están decorados por grupos de macetas, cada uno de ellos de un color, que contrastando con el blanco de las paredes da una vida especial a todas las calles. Creo que Vejer de la Frontera es el pueblo más pequeño que hemos visitado, aparte de Benamahoma. A pesar de sus calles con cuestas y alguna que otra escalera, lo recorrimos con gran facilidad.


Lo primero que fuimos a ver fue el mirador de la Cobijá. Nos resultó fácil llegar a él. Desde allí se divisa el pueblo entero. La característica principal de este mirador es la estatua totalmente negra de una mujer vestida con un atuendo que le tapa todo excepto los ojos. Lo primero que pensé fue que era un monumento a la mujer nazarí, pues me recordaba a la indumentaria del burka. No obstante, más adelante, cuando pasamos ante el museo, un pintor que exponía sus cuadros al aire libre nos explicó que esa escultura es un homenaje a la mujer castellana que vino tras la expulsión de los árabes, pues esa era la indumentaria de aquellas mujeres llegadas de tierras cristianas. Nos explicó que cada año, para la fiesta del pueblo, es característico que las muchachas se disfracen de cobijá porque es el traje típico de la localidad.

Curiosamente, el castillo está integrado en el pueblo. Tanto es así que, para subir a las almenas que aún quedan, tuvimos que atravesar el patio de una casa particular. ¡Y vaya patio! Precioso, cargado de plantas, algunas figuras y una fuente. Supimos que era par
ticular porque a la salida vimos a una mujer que fregaba la entrada junto a una puerta que se encontraba en el lateral de ese precioso jardín interno. No recuerdo cómo comenzamos la conversación, pero con mis hermanos Manolo y Beli no es de extrañar… La cuestión es que, hablando con la mujer, nos dijo que todo aquello era de su pertenencia. Yo, con la mentalidad práctica que me caracteriza, le pregunté que cómo era posible que no pusiera un precio por la entrada, aunque fuera simbólico, por ejemplo, de dos euros, por el desgaste de gente pasando y el mantenimiento. Nos dijo que había una hucha, y que quien tenía voluntad echaba allí el dinero que quería. Estaba tan disimulada, la hucha, entre las plantas que nos había pasado desapercibida.




Callejeando, llegamos a un balcón que daba a la plaza de España, centro neurálgico del pueblo y donde se encuentra el ayuntamiento. Lo llamativo de esta plaza es su fuente, con varios caños, algunos salidos de ranas, que parecen bañarse allí mismo.

Me hizo ilusión oír a un muchacho hablarle en catalán a su acompañante. Pensé que era un buen momento para practicar mi segunda lengua, pero el chico no estaba por la labor de hablar, así que la conversación fue corta.

Descubrimos que desde el interior de un bar se accedía, también libremente, a unas calles estrechas, blancas e igualmente llenas de macetas.











Al final de la mañana encontramos un buen sitio para comer. Luego partimos para Medina Sidonia.

Por ser el último pueblo de Cádiz que visitamos, la llegada no nos resultó agradable. Queríamos aparcar en el primer aparcamiento gratuito que se veía en el mapa, que era el del tanatorio de la ciudad. Pero para llegar donde comienzan las casas había que subir andando una gran cuesta, larga y asfaltada. Estábamos cansados, por lo que decidimos subir un poco más con el coche. Encontramos entonces un pequeño descampado, justo al comenzar los edificios, frente a lo que parecía un taller de vehículos. Yo, que soy muy legalista, les pregunté a dos hombres que pasaban justo por allí en aquel momento:

—Buenas tardes. ¿Saben si aquí se puede aparcar?

Uno de los dos, el que parecía mayor, con cara agria y sin dejar de caminar, me espetó:

—Aquí no es un lugar seguro, mejor que aparquen en el tanatorio.

Vi la incomodidad en la cara del hombre joven que iba a su lado; creo que sintió vergüenza ajena. Por lo visto, la oratoria no es lo mío; las pocas veces que he hablado por aquí la respuesta ha sido cortante. Dejamos el coche allí, sí, pero me fui con el quemazón: ¿y si cuando volviéramos alguien le había hecho algo al coche?

En mi particular programa de viaje, la idea era llegar a Medina Sidonia y estar por allí hasta el atardecer, pues había leído que había un bar en el centro del pueblo, en la zona alta, con una terraza desde la que se divisaba la puesta del sol. Pero en esta parte occidental de la península anochece muy tarde. No nos esperamos.

Andamos por sus calles. Esta pequeña ciudad ya no tiene las calles estrechas y encaladas. Nos encaminamos hacia el casillo; nosotros siempre buscando los puntos altos para las vistas. Tras llegar al recinto del castillo, realmente bonito, rodeado de un gran parque ajardinado, comenzamos a subir y subir; se nos hacía interminable, pues nunca llegábamos a la zona alta. Quizá, todo se ha de decir, estábamos demasiado cansados para aquella caminata.

Sea como sea, volvimos sobre nuestros pasos. Pasábamos entonces por una calle de preferencia peatonal cuando unas mujeres que estaban apostadas en un portal nos preguntaron cuando estuvimos a su altura: «¿Saben a qué hora abren las tiendas?». Les dije que seguramente a las cinco, que faltaban pocos minutos. Nos extrañó que personas del lugar nos preguntaran a nosotros cosas que de bien seguro ellas ya sabían. Creo que tenían ganas que escuchar nuestras voces.

Llegamos al coche y lo miré detenidamente. Estaba intacto.